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Tía Yoli y tía Adela

Tía Yoli y tía Adela.

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Flor María Palomeque Guadamud: el sueño cumplido

Publicado en la revista Mundo Diners, marzo 2011

Por Marcela Noriega

 

Las luces se encienden, el público aplaude moviendo globos amarillos, rojos, verdes y naranjas. Es 1997 y en el set de A todo dar aparecen Marcos Vinicio Bedolla y Sonia Villar, los animadores del momento. Él lleva un pantalón de tela negro y una camisa verde; ella, un cursi vestido corto.

  • En todos los jardines hay flores, hay rosas; pero nosotros hemos arrancado una flor y la tenemos aquí: ¡Flor María!-, anuncia Villar con voz de vendedora informal.

 

Ella aparece con sus enormes cejas, vistiendo un apretado mameluco rojo y un cinturón dorado.

Bedolla la llama “la deshojada”, le hace bromas y dice “sé que bailas bonito. Pongámosle música, Juanito. Esta es la preciosa Flor María”. Ella empieza a batirse con fuerza sobre el escenario. Tenía 17 años, estaba en quinto curso del colegio fiscal 28 de Mayo, y tenía un sueño: salir en televisión.

 

Flor María Palomeque (Guayaquil, 1979) proviene de una familia tradicional y sencilla. No pudo estudiar danza por falta de dinero, y desde los 18 años empezó a trabajar para ayudar a su papá –azogueño- y a su mamá –nacida en Balzar-. Los Palomeque-Guadamut vivían en Sauces II, un barrio popular de Guayaquil.

 

Ahora Flor tiene 31 años, y acaba de ser madre por segunda vez. Espero en la sala de su casa. Ella está en el piso de arriba intentando convencer a Robertito, su hijo de dos años, de que no hay nadie en la sala. Fizgoneo un poco. Una pequeña piscina y un par de piletas afuera; mesa para ocho y una elegancia producida con metódico afán, adentro. Una niñera, dos niñeras. El típico silencio de las casas de la vía a Samborondón.

 

Ella baja con cara de estrés. Dice que hablemos bajito para que su hijo se quede tranquilo. No quiere fotos, por ahora. Solo acepta hacerlas junto a su esposo, Roberto, y siempre y cuando se haya maquillado antes. Se maquilla desde que era una niña.

 

Siempre hay un momento en que nos damos cuenta de lo que queremos ser ¿recuerdas en el momento en que descubriste que querías ser bailarina o actriz?

Mi anhelo fue siempre estar en televisión. Creo que como soy Leo –no es que crea mucho en los signos, pero como buena Leo siempre quise el centro de atención-, a mí me pasaba que en una matiné tenía que ganarme el premio. Yo empecé en esto del mundo de la farándula cuando bailé con Gerardo Mejía y Fabián Fariña; tenía 14, 15 años. El baile es una de mis pasiones, pero yo lo quería era estar en la televisión.

 

¿Estuviste en una academia de danzas?

Nunca estuve por falta de dinero. Y mi mami siempre me decía: yo te hubiera querido meter porque yo me daba cuenta que eso era lo que te gustaba. Con mi hijo, arriba solitos los dos, pongo música y me pongo a bailar. Tampoco es que bailo espectacular, pero creo que si tú te sientes bien haciéndolo, no se ve mal.

 

De hecho, te hiciste “famosa” por un baile

Sí, el baile de La Mosca.

 

¿Quién te enseñó a moverte así?

¡Nadie! Tengo ese alma de bailarina. Nació porque yo estaba bailando en el estudio (de A todo dar). bailábamos entre amigas. Y de repente en un pedacito de esa canción quedaba espectacular eso de mover la nalga. Atrás mío estaba un productor, que me dijo: eso que estás haciendo aquí, quiero que lo hagas allá en el escenario, en vivo.

 

Quería tu nalga en la pantalla

Obviamente, a él no le interesaba mi cara. Me dijo, ¡date la vuelta! Cuando yo me di cuenta de que el baile se centraba en la nalga, empecé a perfeccionar el paso. Mucha gente cree que yo muevo la nalga, pero yo muevo las piernas y con el rebote es que se mueve la nalga jajaja!

 

 

 

El baile con el que Flor María empezó su carrera de bailarina/modelo/actriz fue el de La Mosca. Imposible de olvidar. Empezaba con un rápido movimiento de piernas, similar a un temblor sostenido, que provocaba una sensual vibración de sus pomposas nalgas. Aunque suene ridículo, hacer eso le abrió el camino en la pequeña pantalla.

 

 

¿Cómo era tu vida de niña? ¿En qué barrio te criaste?

Viví desde los dos años en Sauces II. Yo diría que fue una vida excelente. A mí me encanta la vida de barrio, me parece que eso me ha ayudado mucho en mi carrera. Porque cuando tú eres de barrio (se ríe), tú sabes lo que siente y lo que le está pasando a tu vecino. Nosotros nos cruzábamos las paredes sin que mi mamá se entere. A mi papá no le gustaba que nosotras juguemos pelota.

 

¿Cuántos hermanos son?

Somos cuatro, pero un primo vivió con nosotros 22 años, entonces es como otro hermano. Éramos cinco y la Pinina, una perrita pekinés que se murió a los 20 años, se murió de viejita.

 

¿Tú eres la menor?

Sí, la menor. Mi hermana mayor se llama Paola, cumplió 35 años; mi hermano Jaime va a cumplir 34; mi primo tiene 33; mi hermana Pamela tiene 32 y yo tengo 31.

 

¡Pobre tu madre!
Yo no entendía cómo hacía, y cuando tienes hijos es cuando más empiezas a valorar lo que ella hace. Por ejemplo, cuando yo recién di a luz estaba con mi bebé en brazos dándole de lactar, y Robertito me halaba la falda. Hubo un momento en que los dos estaban llorando. Era un domingo en que mi mamá no podía venir, mi esposo tuvo que salir y mi niñera no estaba. Yo estaba solititita, y no sabía qué hacer. Me puse a llorar con ellos.

 

Jajaja!!

Mi papá dice que una vez llegó y mi hermana estaba subida en la mesa comiendo azúcar, mi hermano había mordido una cebolla y estaba llorando, mi otra hermana también lloraba para que la cambien de pañal, y yo no sé porqué lloraba. Y mi mamá estaba más allá, en un rincón llorando. ¡Ahora la entiendo!

 

¿En qué trabajaba tu mamá?

Siempre se ha dedicado a los cosméticos, a los tratamientos capilares. Trabaja de vendedora en una empresa.

 

¿Y tu papá?

Era chofer en el Consejo Provincial, manejaba volquetas. Ahora no, ya se puso un currier.

 

 

A Flor María le encanta el campo. Su madre y su abuela son de Colimes de Balzar, un pueblito de montubios en la provincia del Guayas. Allá, Flor tiene una vaca a la que no le ha puesto nombre, pero que lleva las iniciales de ella y de su esposo, Roberto Chávez, también actor cómico.

 

 

¿Ibas mucho a Colimes de pequeña?

Sí, a veces nos quedábamos los tres meses de las vacaciones. Ahora no tengo tiempo, pero me encanta. Cuando yo voy, me tienen un caballo ahí. Cuando mi mamá va los domingos, mi abuelita me manda queso sacado de mi vaca; pero no es que tenemos una hacienda con muchas vacas, es solo una, como para el día a día de mi abuelita. El arroz de Colimes me parece lo máximo, pero tiene que ser arroz piedra, el del grano chiquito.

 

La casa de tu infancia, ¿cómo era?

Era chiquita, pero súper acogedora. Mis dos hermanas y yo dormíamos en un cuarto –ellas dormían juntas, no querían dormir conmigo porque yo pateaba-, mi hermano y mi primo dormían en otro cuarto, y mi papi y mi mami en otro. Con mis hermanas compartía los mismos cajones, era algo como normal. Viví ahí hasta los 23 años.

 

Hasta que..

Un día le dije a mi papá que me iba a vivir sola. Mi mamá me dijo: ¡has matado en vida a tu padre! Pero en realidad no era que yo quería independencia; yo lo que quería era tener mis cosas. Ya había empezado a trabajar en televisión, y yo quería comprarme más vestidos, más zapatos y ¡ya no entraba nada más en esa casa! Por eso, le prepuse a mi papá que nos compremos una casa.

 

Pon pausa, me dice. Su hijo Robertito se acaba de caer y grita desconsolado. Ella sube a toda prisa. La veo irse y tengo un claro pensamiento masculino: ¡pero qué culo tiene! Entonces entiendo todo lo de La Mosca. Regresa después de un rato con su hijo: un hermoso niño de melena rubia y mirada pícara.

 

 

¿Y por qué Samborondón?

Yo siempre quise venir a Samborondón, porque me gusta eso de urbanización cerrada. Aunque ahora como está el país ya no hay seguridad en ningún lado. Pero bueno, mis papás se fueron a buscar casa y les gustó aquí. Mi papá se jubiló, y con eso pagamos la entrada; yo puse el resto. Yo viví ahí dos años y medio. Fue traumático, porque cuando ya tenía mi cuarto grande solo para mí, Roberto me propuso matrimonio.

 

Se ve que eres muy tradicional, muy familiar

Somos muy familiares Roberto y yo, por eso es que nos llevamos bien. No hay sábado que no vayamos a visitar a mis suegros, ni domingo que no vayamos a casa de mis papás. Eso es así todos los fines de semana desde que nos casamos, hace cinco años.

 

¿Nunca te planteaste vivir sola?

No, nunca. Yo dije eso solo como presión para que salgamos de ese lugar. Yo le agradezco a mi papá que nos haya dado lo que necesitábamos. Nunca tuvimos más, pero tampoco menos.

 

Flor María estudió en la escuela fiscal Emilio Clemente Huerta número 312, y en colegio fiscal técnico experimental de comercio y administración 28 de mayo. Ahí una profesora no quería que se graduara porque bailaba en la televisión. Se quedó supletorio por faltas y no se graduó con sus compañeras. Pero todo tiene su precio. Ganó un espacio en la pantalla.

 

¿Cómo fue tu debut?

Bueno, cuando estaba en quinto año mi mamá me metió en un curso de modelaje de Denise Klein y Ximena Carchi. Y después en otro curso de una chica que se llamaba Flérida y tenía su academia de modelaje, Flérida Staff. Con Flérica nos hicimos amigas. Un día me dijo: oye, no quieres ir a hacer un casting para TC. Y le dije: ¿y qué tengo que hacer? No sé de pronto te piden que bailes. ¡Ya chévere, vamos! Entonces me presenté y no me pararon bola. Era para No te lo creo narizón. No me llamaron nunca.

 

Robertito dice que quiere una cola helada.

Mamita ¿tú quieres?, le pregunta.

Sí, mi amor-.

 

 

Mi mamá siempre andaba atrás mío cuidándome. Me decía: mijita, no comas tanto –porque yo siempre he sido comelona-. Mira que a lo mejor te llaman de TC Televisión, ya tienen tu casting. Mi mamá, cual bruja, ¡ese día me llamaron! Me pidieron que vaya al canal, que querían verme. Entonces, mi mamá me buscó la ropa, y nos fuimos escondidas de mi papi.

 

¿Qué te pusiste?

Me puse una falda short negra, un busito y un moño. Tenía 17 años.

 

¿Y qué pasó ese día?

Llego al canal y Jimmy Tosso me dice: ¡ven acá gordita que yo te mandé a llamar! ¿Quisieras ser modelo-bailarina? Ahí hablaron con mi mamá, con su permiso me dejaron estar ahí. Cuando empezamos a grabar se dieron cuenta de que me gustaba bailar y que bailaba bien, modestia aparte, y me quedé de largo. En el 97 salimos al aire en A todo dar y en menos de un año ya estaba en Ni en vivo ni en directo.

 

Siempre te sentiste segura, ¿sabías que ese era tu lugar?

Cuando yo pisé y empecé a vivir lo que era la televisión, dije: mira, de aquí yo no me muevo más.

 

¿Qué dijo tu papá?

Cuando hicimos el piloto, me tenían que hacer el cambio de look, y me dijeron: te queremos rubia. Yo dije: ¡no, mi papá me mata! Pero, por suerte, solo me sacaron las cejas y me cortaron el pelo. Y cuando llegué a la casa y mi papá vio que me habían cortado el pelo, que me habían sacado las cejas y que estaba recontra maquillada, me dijo: ¡te sales de eso en este momento!

 

¿Al menos te iban a pagar bien?

¡No, qué va! Pero para mí, en esa época, era Dios mío lindo… Yo fui un pilar en mi casa, porque solo trabajábamos mi papá, mi mamá y yo. Yo empecé a comprar la comida desde los 18 años.

 

¿Te fue fácil adaptarte a ese mundo falso de la televisión, a esa forma de vivir?

Sí y no. Yo pienso que cuando entras a la televisión tienes que tener los pies en la tierra. La formación de tu hogar te ayuda mucho. Cuando yo entré a la televisión era lo más ingenua que puede existir en esta tierra. Yo era super relajosa en el colegio y todo, pero nunca había visto lo que vi en la televisión.

 

¿Qué viste?
La primera vez que vi un gay en mi vida fue en el canal y los adoro, tengo muchos amigos gays, y siento que son más incondicionales con las mujeres. Pero hay mucha farra, mucha droga, te puedes dañar si no vienes de un hogar bien formado. Tuve la suerte de que nunca nadie me ofreció droga. Yo estuve en varios lugares donde estaba ahí, yo pasaba y veía. Nunca me dio por probar o querer. Fue difícil adaptarme. Pero yo tenía adentro los valores; el ángel malo nunca apareció. Por eso, yo no estoy de acuerdo con la gente que dice: no le pegues al niño, porque después necesita psicólogo. A los niños desde chiquitos hay que enseñarles. A Robertito no es que me encante pegarle, pero le he tenido que pegar.

 

¿A ti te pegaban?

A mí me pegaban. Nosotros escondíamos el látigo porque nos pegaban con el látigo ese que tiene dos patas. Hasta tenía nombre. Mi mamá decía: ¿dónde está Pedrito? Por ese refrán que dice: Pedro Moreno, saca lo malo y pone lo bueno. Jajaja!! Cuando venían las libretas lo mandábamos al fondo, hasta que mi mamá descubrió nuestro escondite. Nos decía: no está el látigo, bueno, con la correa entonces. Mi mamá nos pegaba con lo que encontraba.

 

¿Piensas que eso sirvió?

Sí, sirvió bastante. A los niños si se van desviando, el látigo los regresa. Yo soy fiel creyente.

 

¿O sea que hablar no funciona?

No funciona. Yo le digo a Robertito: mírame a los ojos, no hagas esto mi amor, no está bien. Pero a él le importa un comino. Entonces, le digo: por las buenas o por las malas. Y él ya cogió de chiste: ¡por las malas! ¡por las buenas! Pero él sabe que cuando yo me pongo la correa aquí (sobre los hombros) no es por gusto. Si se sigue portando mal, ¡Plaz! Flácate! Sí funciona.

 

 

Después de A todo dar vino Ni en vivo ni en directo en TC, uno de los programas con mayor sintonía en la historia televisiva del país. Un show cómico que inauguró una nueva manera de hacer humor en la televisión y que dejó de lado los recatos a la hora de imitar.

 

 

¿Cómo ocurrió Ni en vivo?

Por un lado, Jorge Toledo y David Reinoso estaban haciendo un piloto para TC televisión. Y, por otro lado, Gustavo Segale y Galo Recalde estaban haciendo otro proyecto. Estos dos proyectos llegaron a la oficina de Estefanía Isaías y Jorge Kronfle. Ellos decidieron fusionar estas dos ideas y cuando hicieron el piloto quedó increíble. Entonces, el abogado Kronfle dijo: pero a esto le hace falta la presencia de una mujer. Yo quiero a Flor María Palomeque, que es la niña esa que baila el baile de la mosca.

 

¿Qué tenías que hacer?

Tenía que entrevistar al marciano. Pero me temblaba tanto la mano que se notaba en pantalla. Y no podía memorizar lo que me decía Jorge. David, Galo y Jorge fueron para mí una gran escuela.

 

¿No tomaste ningún curso de actuación?

No, para mí el curso de actuación ha sido día a día. Aprendí al andar. Me di cuenta de que empecé a hacer las cosas bien cuando perdí el miedo.

 

¿De qué tenías miedo?
De que Toledo me fuera a retar porque lo hacía mal. Él tiene la fama de bravo, duro y estricto. Pero más bien me dio confianza. Me decía: explórate, conócete, mírate en el espejo, haz caras.

Después de eso, mi primera actuación fue Rechita, y tuvo su público, tuvo acogida. De repente, Jorge me empezó a dar más y más personajes.

 

Tú haces comedia sin querer hacerlo, es decir, haces reír sin proponértelo

En el colegio siempre me pasaba eso. Yo actuaba para mis compañeras, siempre me decían: habla como chiquita. Yo era el payasito de ellas, imitaba a los profesores y todo eso. Pero no me di cuenta de lo que hacía hasta que no estuve en este mundo. Y después vinieron otros personajes: la enfermera, la fea –que era la que tenía un lunar de pelo-, de ahí empecé a hacer caracterizaciones.

 

¿Te daban un concepto del personaje, te guiaban en cómo tenía que ser?

No, no, no. Yo creo que todos íbamos aprendiendo. Jorge me decía: ponte una peluca, a ver prueba un diente, sácate el diente, no, no. Prueba un lunar, sácate el lunar, no. Píntate la ceja, !ya! Y cuando a él le gustaba ya así salía.

 

¿Y el texto quién lo hacía?

En ese momento. Nosotros trabajámos sin libreto, por eso era que yo me moría de nervios. Y hasta el día de hoy nosotros trabajamos así.

 

¿Nunca has hecho teatro?

Obras de teatro no, pero yo pienso que lo lindo del teatro es tener el contacto con el público, y he hecho muchas presentaciones en vivo. Hemos recorrido todo el Ecuador, y nos hemos ido a Nueva York, y ahí nos presentamos en un teatro pero con nuestros sketchs.

 

¿Quiénes son tus referentes, algún actor cómico, o actriz?

Sí, yo tengo muchos actores a los que admiro. Me encanta Jim Carrey, me encantan las caras que hace, me parece que es súper creativo. Me encanta Ben Stiller, las películas de él son para mí lo máximo.

 

¿Alguna actriz de la que hayas aprendido algo?

No, no quiero sonar estúpida, pero no. No, porque yo veo a la gente.

 

¿A la gente?

Sí, eso me pasa mucho. Yo empiezo a conversar con alguien y estoy todo el tiempo viendo cómo se comporta.

 

Supongo que también ayudó el hecho de que te criaras en un barrio. Si hubieras crecido en esta urbanización cerrada tal vez no hacías nada

¡Claro! Una de las cosas que es importante saber es quién te escribe las cosas. Si tú tienes un guionista que ha vivido en Samborondón no puede escribirte algo de barrio. En la novela del Cholito pasó eso. En el libreto decía: mientras Xiomara trapea la casa…

Yo les dije: miren el lugar, aquí no se trapea, ¡aquí se b-a-l-d-e-a! Tú sabes: con detergente, barres primero, le echas el agua y luego pasas el trapo. En ese tipo de cosas, yo choco bastante. A Xiomara (compañera de reparto en novela del Cholito) le ponían frases como: ¿por qué me miras así? Siento incredulidad en tu mirada. ¡¿Quién habla así?!

 

¿Entonces nunca sigues un libreto?

No! porque nadie mejor que actor para sentir las palabras. Bueno, en algún momento me tocará hacer alguna obra de teatro o programa donde tenga que decir lo que escriben los libretistas. Tocará. Pero mientras no llegue el momento ¡no! Porque nosotros estamos haciendo programas en base a mi personaje y el personaje de David (Reinoso). Estamos en todo el derecho de cambiar las palabras. La Mofle jamás diría: dame mi cena.

 

 

La Mofle es el personaje más querido de Flor María. Es la caricatura de una esposa después de cinco años de matrimonio. Lo ha interpretado durante ocho años. La Mofle y el Panzón nació como un sketch cómico del programa Vivos! pero decidieron convertirlo en una serie a la que llamaron La Pareja Feliz, que va por la segunda temporada. Cuando Flor piensa en La Mofle inmediatamente le cambia la cara. Es como ver la transformación de la princesa Fiona.

 

¿Has tenido problemas por caricaturizar a alguien?

No, nunca. Yo pienso que la gente sabe que esto es comedia. Pierina Correa una vez me dijo: ¡oye, yo no soy así! Yo le dije: pero de eso se trata.

 

¿Quisieras hacer cine?

Sí, sí, pero no me llaman.

 

¿Qué harás este año?

Vamos a hacer circo y estamos en la preproducción de la tercera parte de La Pareja Feliz. En abril empezamos a grabar. Además, vamos a hacer otra serie, y ahora en febrero entro a grabar Nananina, la serie de Tres Patines. El año pasado yo trabajé de lunes a domingo; grabábamos de lunes a viernes la novela, y el fin de semana grabábamos Pareja Feliz, todo eso estando embarazada. Por mí nunca pararon una grabación. El horario no es que entras a las 8 y sales a las 4, era de 8 a 9 todos los días. Yo no soy hipócrita: el dinero a mí me gusta, pero bien ganado. Yo tengo todo lo que tengo porque me he sudado la gota gorda.

 

 

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Arawa o el arte del intento

Texto publicado en la revista Mundo DINERS 2010

Por Marcela Noriega

Han llevado sus obras a México, Cuba, Argentina y Chile. Organizan dos importantes encuentros anuales: el de Teatro Universitario y Politécnico, y el de Teatro Popular Latinoamericano versión Ecuador. Todo empezó  hace treinta años con Juan Coba.

 

Introducción al caos

A la historia colectiva de Arawa, el grupo de teatro de la Universidad de Guayaquil, la atraviesa la historia íntima de Juan Coba Caiza (Guayaquil, 1951), su fundador, el hombre que de la nada y con todo en contra hace un teatro contestatario, enfocado en lo social, desde hace más de treinta años.

Juan es un artista de lo popular. Un hombre que se ha metido en cien batallas y ha perdido seguramente más de la mitad. Cosecha derrotas, pero insiste en volver a sembrar sueños. No le gusta dar entrevistas ni hablar de él mismo. Le cuesta mirarse en el espejo, tiene miedo de que el pasado lo muerda. Pero se arriesga.

Su historia empieza en Santa Elena y Piedrahíta, a una cuadra del cementerio. Ahí nace, en su casa y con partera. El olor delcloretol con el que su madre limpió el piso antes de echarse para parirlo, es su primer recuerdo. Siempre fue rebelde. Deja elcolegio del Hermano Miguel apenas termina el primer año, porque “ahí en nombre de Dios nos flagelaban”. Confiesa que tiene una “vaina tremenda” con la religión y que odia, por encima de todo, ser reprimido.

Pero su padre –un comerciante de telas, de esos a los que antes se llamaba “sencilleros”- no iba a aceptar vagos en casa. Le dice: “si no vas a estudiar, ándate a trabajar”. Juan empieza de tapicero antes de que le salgan pelos en la cara. El oficio le da “mucho dinero” y le permite conocer a la amante de todos los artistas: la bohemia –así le decían antes a “la chupa”-. Por esa época, canta boleros y pasillos en el canal 4, en un programa que se llamaba Puerta a la Fama, aunque esa puerta jamás se le abrió.

Uno día cualquiera pasa por la Casa de la Cultura y ve un cartel que dice: ¿quieres ser actor? ¡inscríbete! Sube, le hacen una prueba, y lo aceptan en lo que luego se convertiría en la única escuela de teatro de la ciudad de ese entonces. Pero le exigen ser, al menos, bachiller. “Yo dije ¡chuta!, así que volví a estudiar”. Juan pasa por el Cinco de Junio, el Trece de abril y termina enel Martínez Mera, nocturno.

Tiene metida la idea de hacer teatro entre las cejas. La escuela de la Casa de la Cultura dura apenas tres años, del 69 al 71. Al principio la dirige Marco Muñoz (+). Montan obras como La sangre, las venas y el asfalto, que es un poema trágico de Enrique Gil Gilbert; también Historias para ser contadas, de Oswaldo Dragún, y Responso para un tornillo, del cineasta Jorge Vivanco.

Tienen buenos maestros: Marco Muñoz, Beatriz Parra, Dora Durango, Jorge Vivanco, Carlos Rojas, Hugo Salazar (+), Ana Miranda, pero no hay suficiente apoyo, y cierran.

Juan es un crío todavía. Muñoz lo toma de asistente y, cuando se acaba la escuela, juntos intentan formar un grupo de teatro con la gente que queda. “Marco decía que yo era el único que iba a seguir en esto, que tenía la mística. Yo quería despojarme de todo y dedicarme al teatro”.

Pero tiene que comer y sigue trabajando de tapicero. Luego, comienza a formar grupos de teatro en los colegios. Pero no le va muy bien. Un día un rector le dice: yo quiero que me hagas un grupo de teatro, pero para que se presenten el día de mi santo enel patio de mi casa.

Primer movimiento

Es 1975. Está en el poder el gobierno “revolucionario y nacionalista” de Guillermo Rodríguez Lara, quien en 1972, luego de derrocar a Velasco Ibarra, se había autoproclamado jefe supremo de la República. Juan hace contacto con gente de Mapasingue. Se empieza a meter en problemas.

Lo llaman para que les dé  clases (gratuitas) de teatro a los pobladores. Pero pronto se da cuenta de que ahí pasa algo más serio: la gente ha decidido organizarse y tomarse esas tierras, que eran de propiedad de Cecilia Gómez Iturralde, y que iban desde el kilómetro 4 y medio vía a Daule hasta donde la vista llegara.

La zona es conflictiva y está  liderada por un grupo de comunistas. Son unas dos mil familias las que viven ahí. “A veces yo estaba dando mis clases y sonaba una campana. Esa era la señal de que había desalojo, entonces se acababa el teatro y la gente dejaba botado todo y se iba a pelear, a defender las tierras, a luchar contra la policía”.

Al principio, Juan solo mira. Pero luego piensa que si va a permanecer en ese lugar debe tomar una actitud. Y decide que la próxima vez que suene la campana él también se meterá en el relajo. “Aguanté los primeros gases lacrimógenos, la tensión de estar frente a una pelea, el temor de ser tomado preso. Pero la gente no tenía miedo. Se habían hecho resistentes. Comencé a entrar en el juego. Empecé a tener fe en que esa lucha organizada conseguiría que nos dejaran permanecer ahí”.

En esa época, estudia Economía en la Universidad de Guayaquil y trabaja en la Empresa Eléctrica. Que trabaja es un decir, porque se escapa siempre. “En las mañanas les decía a los compañeros: si preguntan por mí, digan que estoy en el baño. Y me iba a Mapasingue. Regresaba a las 4 y media para marcar tarjeta”. Hasta que un día no regresó más.

Era septiembre de 1977, estaba en el poder el triunvirato militar que adoptó el nombre de Consejo Supremo de Gobierno y duró hasta 1979. La esposa de Juan está embarazada. Él cree que si pelea junto a los demás le darán también una casa en la cooperativa, que se llama El Cerro. Quiere darle un hogar a su hijo, pero todo acaba mal.

Juan se hace dirigente de un barrio, y lo busca la Policía. El día en que lo agarran él lleva un libro de Lenin –texto básico de la Facultad de Economía- y otro del dramaturgo brasilero Augusto Boal sobre ejercicios de teatro.

Lo encuentran en una de las casas y le hacen una “calle de honor” hasta el patrullero. Fueron varias cuadras. Dice que los policías se pusieron de lado y lado, y a él y a otro compañero los hacían caer y levantar a punta de patadas. Todos se reían.

“Luego un tipo grande, que se tapaba el rostro con un casco, nos puso de espaldas y nos dio con un tolete inmenso en la cabeza. Yo no reaccioné, y de nuevo me golpeó. Me hizo una herida grande, acá tengo una cicatriz de 17 puntos. Ensuciamos de sangreel patrullero y nos quisieron humillar haciéndonos limpiar con la lengua la sangre”.

En su relato, lo llevan a los calabozos del cuartel modelo, bajo el cargo de “invasor”. Pero, poco tiempo después, lo trasladan al centro de investigación, bajo el cargo de “terrorista”. “Las torturas eran permanentes durante los primeros días, y estuve incomunicado”.

Quieren los nombres de los líderes del “grupo terrorista”. Era como en las películas. Juan les dice que él conoce poco de la organización, que se dedica más al teatro y a hacer dirigencia en el barrio donde –le habían prometido- iba a vivir.

Pero los “investigadores” lo acusan de hacer entrenamiento guerrillero con el libro de Boal y de adoctrinar el comunismo con eltexto de Lenin.

Cuatro meses permanece preso. Su hija, María, nace. La quieren llevar a la cárcel para que la conozca, pero él no permite que ella vaya a ese “sitio infectado”. Al fin, le dan una amnistía –producto del escándalo de la famosa masacre de Aztra, que repercute a nivel internacional y le obliga al gobierno a bajar un poco la guardia-.

Juan no la baja. Al contrario. Deja a su familia, su trabajo, los estudios de Economía, se esconde un tiempo en casa de un pariente y vuelve al lugar de los hechos, Mapasingue. Usa otro nombre. Ahora se llamaba Cueva.

Empieza a llevar grupos de teatro a la cooperativa, forma grupos de niños, participa en mingas y en asambleas. Su interés es organizar políticamente a la gente, usando el teatro. Pero siempre tiene miedo de volver a caer. “Yo ya no era inocente, ya era consciente de lo que hacía”. Poco después, los propios dirigentes de la zona –matones con machetes que le sacan el dinero a la gente y cuentan con el apoyo de Jaime Toral- lo buscan para matarlo. No quieren a Cueva ahí.

En el 82 se va a la Península de Santa Elena. Allá forma el grupo de teatro de dos colegios. Monta Los unos versus los otros, de Martínez Queirolo y Las historias para ser contadas, de Dragún. Un día le llega un telegrama. Juan: necesitan en la universidad de Guayaquil un coordinador cultural y político. “¡Chévere!”

Segundo movimiento

Un día Juan lee una nota en el periódico sobre un grupo de teatro boliviano que se llama Arawa. La nota dice que este vocablo quichua significa “teatro”. Entonces ve el nombre perfecto para su grupo. Lo que no sabe es que el diario se equivocó, y quearawa significa horca (esa que usan los verdugos). Teatro es aranwa. De eso recién se entera el año pasado, pero el nombre ya quedó.

La primera obra que montan se llama La apuesta de don Pedro y la hizo con estudiantes de Psicología. Lleva ese trabajo a zonas rurales y populares. Empiezan los ochenta.

Juan se gradúa de sociólogo, y comienza a trabajar con Arawa en Mapasingue, el bendito lugar del que antes huyó. El grupo era una mezcla de estudiantes y pobladores. Presentan obras, llevan grupos, hacen música folclórica y sobre todo montajes ligados a la coyuntura política. “Pero no había rigor, era un teatro urgente”.

Juan crea el área de arte escénica de la Universidad de Guayaquil. En medio de esto, se le ocurre llevar el teatro a la penitenciaría. Va y en la cárcel arma dos grupos: uno de varones y otro de mujeres, todas mulas de la droga.

Ya en los noventa, Arawa integra a alumnos de toda la universidad. Se suma gente de Derecho, Medicina, de las facultades técnicas, y para fortalecer el proyecto, Juan comienza a convocar a otras universidades. De ahí nace el Encuentro de Teatro Universitario y Politécnico del Ecuador (Entupe), que va por la versión número trece.

Más tarde, siempre interesados en ver maneras de llevar el teatro a la comunidad, Arawa viaja a Chile para participar en elEncuentro de Teatro Popular Latinoamericano (Entepola), un proyecto que nace en ese país durante la dictadura. Los chilenos invitan al grupo a replicar este evento en nuestro país. Aceptan y hacen el primer Entepola en 2003, en la Martha de Roldós.

Desde 2004 cambian el lugar, gracias a la ayuda del movimiento Mi Cometa. Se trasladan al colegio Estela Maris, en el Guasmo Sur. Ese año acuden veinte grupos a la convocatoria y asisten entre 500 y 600 personas por día a las funciones, que siempre son gratuitas. “Fue una locura”, recuerda Aníbal Paéz, integrante de Arawa.

El encuentro –que va por la sexta edición- dura diez días y, además, de darles la oportunidad de ver buen teatro a personas que, a veces, no tienen dinero ni para el bus, les brinda la posibilidad de compartir –desde un vaso de agua, hasta su cama- con los actores y directores de los países visitantes.

Tercer movimiento

En 2004, Arawa da un giro. Montan la obra Camas Calientes, en Cuba, y el trabajo colectivo se empieza a ver dentro de la universidad. Después de diez años de deambular de facultad en facultad, les dan un espacio físico, aledaño a la vieja casona, pero Juan logra algo más: un elenco estable para garantizar la calidad y un presupuesto anual que les permita viajar y seguirse formando. Ya ha ido a Cuba, México, Argentina, Chile y Colombia.

En 2005 hacen la obra Sancho Panza, que nace de un taller en Humahuaca, Argentina, y surge como una alternativa al mal llamado teatro de la calle que se hace en Guayaquil.

Desde enero de 2006 permanecen estables en el elenco: Juan Antonio Coba (1979, hijo de Juan), Aníbal Páez (1982), Marcelo Leyton (1971) y Lalo Santi (1978), todos con estudios y experiencia previa en el teatro.

Desde que Juan Antonio entra al grupo, en 1996, fue el hombre del montaje técnico. Cualquier cosa es ¡Juan Antonio, la luz!, aunque también actúa. Marcelo es profesor de teatro, actor y, si es necesario, director. Lalo, quien conoce a Aníbal en Arteamérica, actúa y tiene experiencia en clowns.

Aníbal se incorpora en 2003, y apenas llega le proponen reemplazar a un actor en la obra La apuesta de don Tuto, y viaja con elgrupo a México para presentarla. Pero desde el entonces, el fantasma del fracaso parecía rondar las cuatro paredes de la sala de ensayos. Casi ninguna obra llegaba a ser montada, y abortaron varios proyectos. Además, María –la hija de Juan- dejó elgrupo.

Cuando en enero de 2009, Marcelo propone montar Función Para Butacas, de Sergio Román Armendáriz –un poeta y dramaturgo nacido en Riobamba, pero que vive hace 50 años en Costa Rica-, Arawa atraviesa por una de las peores sensaciones: el desaliento. Pero los textos de Román logran encenderles una luz.

Luego de meses de discusión y de que Aníbal reescribiera la obra, nació Soliloquio Épico Coral, que fue exhibida en Quito y Guayaquil durante marzo, y volverá a ser presentada en julio.

Es como un monólogo con voz en off en el que el grupo se habla a sí mismo. Buscan una teatralidad propia. Sin miedos se miran a un espejo con dientes y descubren que son cinco antihéroes, cinco accidentados, cinco rotos y vueltos a pegar, cinco expertos en la caída, cinco idealistas dispuestos a nombrar lo que todos alguna vez sentimos: el terror al fracaso.


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Taller de motivación a la escritura

¿Qué quiere saber el lector sobre Economía?

La información sobre la economía es casi tan importante como la economía misma.

Los lectores buscan información veraz, precisa, confiable y que se entienda.

¿Qué buscan los diarios y las revistas especializadas?

En primer lugar buscan vender. Y para hacerlo de manera más masiva necesitan acercar la información al lector (mientras más, mejor) para que no se quede en el limbo del tecnicismo, en lo inhumano de la cifra.

Por eso estos medios buscan profesores, economistas, expertos que les ayuden a interpretar los efectos de los problemas económicos, que diagnostiquen sus causas (presentando sus antecedentes) y prevean soluciones.

Buscan cumplir con la consigna de informar, pero basándose en el análisis y la interpretación de los hechos.

 

¿Cómo presentan los diarios la información económica?

Intentan hacerlo con un formato más ágil, de lecturas rápidas, claras, concisas, que vayan al grano, que no circunvalen el hecho, sino que lo afronten y aporten con una luz. También, utilizan herramientas que facilitan la lectura, usan infografías e ilustraciones en color para entender mejor la realidad, columnas de especialistas y nuevos géneros periodísticos.

¿Qué requisitos deben tener los textos que escribamos?

Deben siempre proponer una hipótesis sustentada con estudios, datos, cifras, testimonios, citas de expertos, todo lo que nos ayude a argumentar nuestra idea. El texto parte de un puerto y debe llegar a otro puerto.

La idea (hipótesis) debe proponer una visión interesante y distinta de algún hecho. Deben plantear una mirada original y propia del autor. Evitar los clichés y los lugares comunes.

Los temas deben estar bien delimitados: no vamos a escribir sobre generalidades. Los temas grandes como pueden ser: migración, medioambiente, política económica, desarrollo industrial, emprendedores, etc. debemos aterrizarlos en pequeñas temáticas concretas.

Las citas, estudios y cualquier información externa que usemos deberá ser atribuida a la fuente.

Se requieren textos arriesgados, atrevidos, no aburridos. Para lograrlo deben tener una postura clara. No es error la subjetividad. El error es la opinión que no tenga un piso de información.

Deben estar escritos en un lenguaje claro y comprensible

Nunca deben perder el eje, el norte del cual partieron. Cuando terminen de escribir el texto, deben volver a su pregunta original y verificar si fue contestada. Lo recomendable es siempre escribir el título antes que el texto, porque así no nos saldremos del eje previsto.

Otra vez: La opinión debe estar sujetada a la información. Siempre.

Deben manejar temas actuales o históricos pero ligados de alguna forma al presente. Partir de una coyuntura siempre será más interesante que escribir sobre hechos desligados de la actualidad.

Nosotros no debemos ser los protagonistas del texto. El protagonista es el tema en sí mismo y los personajes que de él se desprendan.

Vamos a escribir análisis y no simples columnas de opinión: la diferencia básica es que el análisis sustenta la postura del articulista en información relevante, en contextualizaciones, en la asociación de hechos. El analista echa luz sobre los temas, profundiza, interpreta y saca conclusiones. El columnista de opinión argumenta su postura basándose en su propia opinión. Se sostiene en sus propios criterios.

Veamos estos ejemplos.

Emilio Palacio

Camilo, el matón (título no se sostiene, porque no revela hechos que lo demuestren que Samán es un matón)

(la columna de opinión por la casi va preso)

Los pelucones de Alianza PAIS son como su Jefe: gritan, insultan, pero mandan a otro a que muerda (opinión sin hechos que la respalden).
Al menos el inefable Alberto Acosta peleó alguna vez en las calles por lo suyo. Camilo Samán en cambio vivió siempre en la burbuja de los aniñados, de fiesta en fiesta, agarrado de algún amigo que lo ayude a sobrevivir en su cómoda vida en la vía a Samborondón. (opinión sin hechos que la respalden).
Por eso el matón Samán (insultos sin argumentos legales basados en hechos) no fue ayer a las instalaciones de este Diario para reclamar. Mandó a sus guardaespaldas. A los de abajo, a señoras que no tenían ni idea de qué hacían allí. Él, como buen pelucón, permaneció a buen recaudo, esperando a que le reportaran por teléfono.
¿Pero qué hay detrás de todo esto? Ustedes ya lo saben (asume que el lector piensa como él). Es la desesperación de un hombre que de la noche a la mañana se convirtió en un revolucionario próspero y al que, claro, le molesta que la prensa le diga las verdades.
Es la desesperación de un Gobierno corrupto (sin pruebas, sin hechos) que quiere desviar la atención y sembrar el pánico. Para que nadie hable más de Fabricio Correa. Que no se hable del Mono Jojoy. Que no se diga nada de sus vacaciones en Cuba (no especifica quién se fue de vacaciones a Cuba ni dónde está la corrupción en esto), de las casas que vuelan (se refiere a las casas del Miduvi, no tiene nada que ver con la idea anterior), de su jet privado, de su chef belga, de su jacuzzi en el Ministerio del Litoral (asume que el lector sabe de quién habla).

Correa comenzó insultando. Algunos (¿a quiénes se refiere?) creyeron que era teatro, pero luego comprobaron que el Gran Jefe goza, se complace y vuelve a la vida cuando denigra. Es su manera particular de elevar su autoestima, que de otro modo andaría por los suelos.

El caso es que por estos motivos algunos ingenuos (¿de quiénes habla?) concluyeron que era un asunto de personalidad. Pero no es así. Hay mucho más de fondo. El poder está contaminado por una mafia que está dispuesta a utilizar cualquier método para seguir disfrutando de los fondos públicos.

Problemas: generalidades, insultos, desorden en la presentación de las ideas. Argumentos basados en su propia y única opinión. Ningún hecho, ninguna contextualización, ninguna interpretación a partir de algo concreto.

Columna escrita para desprestigiar.

Lo que sí queremos hacer:

Elegí algunas columnas de opinión escritas por profesores de distintas universidades y publicadas en medios de comunicación del país y de fuera. De cada una rescatemos sus valores: claridad, nuevos ejes, didáctica, información al servicio de la opinión, interés, humor, profundidad.

Fútbol y economía (escrito por Ángel Ubide, investigador visitante del Peterson Institute for International Economics en Washington).

Tras más de dos décadas compaginando el análisis económico con la portería (y, recientemente, el banquillo de entrenador), he llegado a la conclusión de que el fútbol y la economía tienen mucho en común. En ambos casos se trata de administrar recursos escasos (la plantilla de jugadores) para reaccionar contra eventos inesperados (la estrategia y jugadores del rival, el terreno de juego, los errores del árbitro, la climatología) y tratar de maximizar el resultado final. En algunos casos se compone el equipo ideal y las rachas de victorias se suceden. Pero un día llega la gran derrota, tras la cual se abre un periodo de introspección, se recupera a los lesionados, se trata de elevar la moral, se despide al entrenador y se cambia de sistema de juego, tratando de adoptar los sistemas victoriosos.

En fútbol y en economía se administran recursos escasos para reaccionar ante eventos inesperados.

Es decir, lo mismo que ha sucedido con la economía mundial en los últimos tres años. Tras un largo periodo de bonanza económica y euforia financiera, donde se creía haber eliminado prácticamente las fluctuaciones cíclicas gracias a la maestría de los dirigentes económicos, la crisis de los últimos años ha representado, para muchos, la gran derrota del statu quo económico imperante. Y tras la derrota se ha abierto el periodo de reflexión, se está recuperando a los muchos lesionados (las instituciones financieras), tratando de elevar la moral (el G-20 se afana en comunicar que la recuperación esta ahí y el estímulo de política se mantendrá todo lo que sea necesario), despidiendo a los entrenadores (muchos políticos están sufriendo el impacto de la crisis en las encuestas, y múltiples dirigentes privados han sido reemplazados, por mucho que se hable de riesgo moral) y cambiando el sistema de juego (tanto los conceptos económicos generalmente aceptados como la legislación).

Igual que la victoria de Hungría sobre Inglaterra enterró para siempre el sistema futbolístico WM en los años sesenta, la crisis de 2007-2009 ha cuestionado algunas verdades económicas hasta ahora consideradas casi dogmáticas. Por ejemplo, el uso de la política fiscal como instrumento de política económica anticíclica. Algo hasta ahora denostado por el consenso económico y considerado de dudoso impacto, los paquetes fiscales adoptados por el G-20 han sido un elemento fundamental de la recuperación económica de este año y, si se combinan con paquetes de reforma de medio plazo que estabilicen las finanzas públicas, podrían ser verdaderamente efectivos y pasar a formar parte del arsenal aceptado de respuesta anticrisis. Pero, como los cambios de sistema de juego futbolísticos, estos cambios de sistema de juego económico acarrean consecuencias. Si los Gobiernos quieren poder usar la política fiscal de manera efectiva durante las crisis, deberán acumular superávit durante los periodos de bonanza. La política fiscal es altamente asimétrica. Vean el caso de España, ahora con un déficit de dos dígitos. ¿Se imaginan cuál habría sido la reacción política y de los agentes sociales si el Gobierno hubiera anunciado en los años previos a la crisis, cuando la economía estaba creciendo a toda velocidad, un objetivo fiscal de un superávit del 5%-10% del PIB, algo que, desde el punto de vista cíclico, no hubiera sido de ninguna manera disparatado, ya que la economía española llevaba años creciendo bastante por encima de su potencial?

Cierre: La madre de un compañero mío en el Real Zaragoza alevín no paraba de gritar “arriba los corazones”. Su apoyo era importante, pero sin el esfuerzo y los cambios estrategicos no hubiéramos remontado partidos ni ganado finales. Países como España, uno de los más damnificados por esta crisis, deben replantearse muy seriamente su plan económico de medio plazo, más allá de las llamadas al optimismo y los remedios puntuales. Es urgente.

Fortalezas:

  1. Esto sí es un análisis.
  2. Ángulo novedoso, propuesta interesante y propia, es un texto de autor
  3. El texto tiene ritmo, es ágil, no es aburrido
  4. Pone ejemplos y las comparaciones son lógicas y certeras
  5. Buen cierre.Otros ejemplos:

    http://www.ieco.clarin.com/economia/ano-Obama-sucedio_0_97500002.html

    http://www.americaeconomica.com/index.php?noticia=4636&name=MERCADOS%20Y%20FINANZAS

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1315412

http://www.economist.com/node/17249486

Ejercicio

Cada uno y utilizando las diferentes secciones de los diarios que les voy a entregar, debe proponerle al taller ejes novedosos para escribir columnas de opinión. Escribirán un texto corto, de dos o tres párrafos, sobre el tema y el eje elegidos, lo leerán en voz alta y la clase determinará si el eje propuesto es interesante y novedoso. Y si, a partir de él, es posible hacer un análisis más profundo.


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¿Periódicos en extinción?

Por
GONZALO DE MIGUEL RENEDO
Tomado de El País
El periódico ha muerto. ¡Viva el periódico! Esta proclama regia podría ilustrar el cambio que sufren o van a sufrir los periódicos de todo el mundo. Todavía faltan unos cuantos años para el deceso forzado, pero la sucesión está garantizada. Hace unos días, Juan Luis Cebrián, consejero delegado de PRISA, declaraba a la revista Esquire que no sabía si habrá periódicos, pero sí que habrá periodistas. Comparto su afirmación y subo la apuesta: siempre habrá periódicos porque siempre habrá periodistas.

Lo que se extingue es el imperio del papel, no el futuro de quienes, con su trabajo, “dibujan el rostro del tiempo”, la tarea de todo gran periódico, según Joseph Roth. Un objetivo éste insoslayable para una sociedad que quiere conocerse a sí misma. El papel es sólo una herramienta gastada llamada a desaparecer. Lo realmente importante es que el retrato que se enseña sea fiel y certero. La opinión no engaña, pero la información sí, aseguraba Haro Tecglen. Y nos puede engañar se pinte en donde se pinte, sobre un papel o sobre una pantalla.

La irrupción de Internet, además del descenso de los ingresos publicitarios, se ha convertido en el principal agente devorador del periódico impreso. Nunca quedó tan en evidencia su fragilidad de papel. La Red se muestra intratable. Por su gratuidad, por su celeridad en actualizar la actualidad, por permitir la participación directa del lector, el proceso de absorción es imparable. Poco puede hacer frente a esta opa natural una especie de hoja caduca.

Y no sólo la del periódico. Al libro le empieza a pasar lo mismo. Su variante electrónica amenaza la existencia de su formato tradicional. Serán los mismos libros que conocemos pero con un sólo collar. ¡Cuántas estanterías irán a la calle! Podríamos resumir todo el cuento a lo Monterroso: cuando ya no quede un libro en pie, todavía existirán periodistas para hacer periódicos.

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Llovieron lágrimas sobre mi cuerpo

Ejemplo de crónica

Publicada en la edición impresa de El Telégrafo el 28 de diciembre del 2008

Texto: David Beriain

Fotos: Sergio Caro

AFGANISTÁN
Me gustaría que tuvieses un poco de piedad / y que fueses el único que se quedara conmigo/. Que fueses como la vela. Como una mariposa te haré el amor / y tú me iluminarás con tu luz.

Asghar, el traductor, la observa enternecido, con una mirada poco común en un afgano cuando lo que mira es una mujer. Es una mirada de admiración. “Ojalá pudierais entender bien nuestro idioma. Sus poemas son… son muy bonitos, suenan como música en dari”, dice.

A Rahibe sus padres la entregaron en matrimonio por diez ovejas. “No sobrevivieron al frío del invierno –cuenta-. Cuando vi a mi marido por primera vez pensé que si hubiera sabido antes cómo era, me habría matado para evitar casarme con él. Era feo, bajo y debilucho”.

No lo hizo. No entonces. “No intenté resistirme. No hice nada. Simplemente me casaron y me llevaron”, dice. Y aguantó. Meses. Hasta que no pudo más.

Hasta que los desprecios, los malos tratos, las humillaciones de su familia política y la especie de asedio vital que le impusieron a ella y a su hijo recién nacido la llevaron al límite. Y se inmoló. Roció su cuerpo de combustible y le prendió fuego.

“En el momento en que me quemé, estaba fuera de mí, ni siquiera sentí dolor”. El dolor vino después, en el hospital. Tenía el 70% del cuerpo quemado. “Cuando estuve ingresada, estaban conmigo mi madre, mi suegra y mi marido. Mi madre le decía a mi marido que yo estaba muy débil, que me comprara comida. Y ese cabrón, ese cobarde, dijo: ‘No, ha sido su culpa, deja que se muera como un perro”.

Nadie creía que iba a sobrevivir. Hubo otras mujeres en el hospital con menos quemaduras que fueron muriendo poco a poco, en una lenta agonía, por infecciones simples que se cebaban con su piel indefensa. Los médicos no le daban ninguna esperanza. “No paraban de decirme: ‘Tranquila que mañana o pasado vendrá el Ángel de la Muerte para llevarte’. Pero no vino”, dice. Y se ríe.

Rahibe tuvo suerte, sobrevivió y ahora está bajo el cuidado de una ONG española, ACAF. Pero el 70% de las más de 700 afganas que se autoinmolaron en el 2006 en la provincia occidental de Herat murieron. Y Herat pasa por ser una de las zonas más “liberales del país”, hasta ahora lejos del renacimiento de la influencia talibán. No hay cifras fiables para el resto del país porque el acceso a las mujeres en el sur y en el este, las zonas de mayoría pasthún, está prácticamente vedado. Pero son miles. Una especie de suicidio masivo que tiene perplejos a cuantos se han acercado a investigarlo. No tanto porque las afganas decidan suicidarse, sino por la elección de este método que solo les asegura una de las agonías más terribles a las que se puede enfrentar el ser humano.
“Las que veis van a morir”
Octubre del 2006. Nuestra primera visita al hospital de Herat. “La mayoría de las mujeres que veis aquí van a morir. En dos días, unas semanas. Morirán”.

Ibrahim Mohamedi, el jefe de la unidad de quemados del hospital de Herat, pronunció la frase como si fuera un teorema científico, un hecho frío y escueto salido de la boca de alguien que ha convivido con el horror demasiado tiempo. Al fondo de la sala de quemados chirriaban los gritos de una mujer a la que le estaban cambiando las vendas, que suplicaba que la dejasen en paz, que parasen ya.

En el país del opio, con cultivos a menos de 50 kilómetros de ese hospital, no había morfina para calmar el dolor, solo sucedáneos, más baratos y menos efectivos. Había moscas por todas partes. En apenas 20 metros cuadrados, entre la suciedad y la angustia, se hacinaban ocho mujeres que coquetean con la muerte. Casi todas se habían autoinmolado.

Como director de la unidad de quemados, Mohamedi ganaba 35 euros al mes por hacer aquel trabajo de administrador de agonías. El resto del personal era voluntario. No tenían medicinas. Solo gasas y pomadas. Dispensaban atención, pero los medicamentos se los tenían que comprar los pacientes. La mayoría eran tan pobres que no podían hacerlo, así que los médicos los pagan de sus bolsillos. La situación mejoró con el tiempo.Ahora la cooperación internacional ha traído a Herat un hospital más moderno y un ala para mujeres quemadas. Hay personal hospitalizado, hay dinero. Hasta morfina. Hay hasta un descenso en los casos en los últimos meses. Sin embargo, las historias siguen siendo igual de terribles.

“Mi marido me pegaba todos los días. Lo hacía con el palo de sacar el pan del horno. Todos los días, durante cinco años. Le dije que si lo hacía una vez más me suicidaría. Y me pegó. Salí de la casa llorando, cogí la gasolina de la moto, me la eché por encima y me prendí fuego”, nos contó Sabyana Abdurrashul. Tenía 18 años y quemaduras en el 100% de su cuerpo. Más de la mitad eran de grado 3 y 4, calcinación hasta el hueso. Su cara era una cicatriz negra y blancuzca. Se casó con 13 años. Le preguntamos si en sus cinco años de matrimonio tuvo al menos algún momento de tranquilidad. Negó con la cabeza cuanto pudo hacerlo: “No, me pegaba todos los días. Desde el principio”. Su marido la visitaba todos los días y cuidaba de ella. “Es que nos queremos”, dijo por toda conclusión.
El acto supremo de voluntad
Nadie duda de cuál es el motor que lleva a las mujeres al suicidio. Afganistán es un país con un 80% de matrimonios forzosos. El 85% de las mujeres son analfabetas. El 57% está casada antes de los 16 años. Shanas, otra de las chicas que entrevistamos, lo estuvo con diez. Su padre se la jugó a las cartas. La valoraron en unos 1.300 euros. Sus piernas, con los músculos comidos por el fuego, guardan la penitencia que a sus quince años tiene que pagar por aquel acto de desesperación.

Pero aquí las cifras son menos esclarecedoras que los refranes. Ahí van tres, famosos entre los pashtunes, la etnia mayoritaria de Afganistán y de la que nacieron los talibanes:

“Todas las mujeres son despreciables, incluidas tu madre y tu hermana”.

“Las mujeres no tienen nariz, comerán mierda si se la das”.

“La mujer: en casa con la tumba”.

“Es cada vez más común. Las mujeres están desesperadas y se queman –nos dijo Mohamedi-. Algunas lo hacen para llamar la atención de sus propias familias o de su familia política. Casi siempre tiene que ver con sus suegras”.

Nos lo contaba Mina Bahawidin, de 18 años. “Mi marido era un buen hombre, pero mi suegra empezó a difundir rumores sobre mí para que su hijo me repudiara. Me quemé para demostrarles que se equivocaban. Ojalá no lo hubiera hecho. Él solo vino a verme una vez, el primer día. Le pedí que me comprara una medicina. Me respondió: ‘Que te la traiga tu hermano Y me abandonó”.

Se diría que lo que Mina, y muchas otras, buscaban quemándose es una demostración de voluntad. Un acto supremo de sacrificio para probar su inocencia en una cultura donde la culpa no es tan importante como la vergüenza. Los rumores que difundía su suegra equivaldrían a la muerte social. Y eso en Afganistán es peor que la muerte física. “Hemos descubierto que en la inmensa mayoría de los casos es la presión de la familia política, los celos de sus suegras o sus cuñadas lo que provoca la situación. Más incluso que los malos tratos”, dice Gloria Company, portavoz de ACAF.

“Lo que no entiendo es por qué escogen ese método tan horrible. Por qué no se cortan las venas. No lo entiendo, solo se aseguran una muerte lenta y horrible. Creo que todo empezó en Irán”, dice Mohammedi.

No lo entiende él ni los expertos que se han acercado a investigarlo. “No se conocen entre ellas, no habían oído hablar del asunto, no es una imitación. No sabemos por qué eligen quemarse en vez de matarse de otra forma. Tenemos claro que el matrimonio forzoso y los malos tratos están detrás del fenómeno.

También que el precursor principal son las familias políticas. Pero no por qué eligen quemarse. Quizás no tienen otra cosa a mano”, dice Gloria Company, que realizó un estudio para ACAF sobre el terreno.

Algunos apuntan a cuestiones culturales más profundas. William Rowe, un geógrafo norteamericano que ha estudiado a fondo la zona de Herat, insinúa que bajo el fenómeno puede ocultarse el concepto zoroástrico del fuego como elemento purificador. “Al fin y al cabo lo que hacen es un intento de reivindicación. De limpiarse de lo que les pasa. Una demostración de voluntad”.
Al final, una sonrisa
En la sede de ACAF, en Herat, hay risas entre cicatrices. Allí cuidan de las que sobreviven. Tratan de rescatar de la muerte social a las que han sobrevivido a la muerte física. Las educan, les dan cursos para que busquen un empleo. Les tramitan los divorcios. “Pero sobre todo lo que hacemos, lo más importante, lo que más les ayuda es buscarles amigas. Así de simple. Eso les cura todo. Si pueden hablar y divertirse recuperan las ganas de vivir inmediatamente”, dice Asghar, que hace de delegado local de ACAF en Herat.

Como Rahibe, que carga su cuaderno de poemas y sus cicatrices con una sonrisa irónica que desarma. No hace mucho apenas sabía escribir. “Yo les diría a las mujeres afganas que estén desesperadas que aguanten. Que sigan adelante. Y que intenten divorciarse si no son felices. Es mejor que quemarse. Yo se lo puedo decir porque he sobrevivido”, dice.

Vuelve sobre sus poemas. Busca y encuentra uno, sonríe al verlo:

Cuando me enamoré, hasta el cielo supo que sufría de amor.

Un amor que me hizo llorar siempre.

Llovieron lágrimas sobre mi cuerpo.

Rahibe, ¿por qué siempre que hablas de amor hablas de sufrimiento?

El amor es así.

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“A los dueños de medios no les importa la gente”

Entrevista de David Sosa a Julio Villanueva, creador de la revista peruana Etiqueta Negra.

Publicado en El Telégrafo en la edición impresa del 11 de enero de 2009

Leer para las clases del miércoles 13 y jueves 14 de mayo.

Su nombre es venerado en el circuito pequeño pero exigente de las revistas de periodismo narrativo hispanoamericanas, esas que logran una aceptación casi culterana por los catadores más finos. No por gusto Julio Villanueva Chang, limeño, fue el editor-fundador de una revista a la que llamó Etiqueta Negra. Pero aquí la etiqueta quiere remarcar más la excelencia periodística que el glamour. La perfección que el costo per se.
Etiqueta Negra -según el argentino Martín Caparrós, “la mejor revista de crónicas del continente”, y de acuerdo con Joaquín Sabina, “una especie de lujo”- ha publicado, en sus 7 años de existencia,  crónicas, perfiles y reportajes de largo aliento que van desde  la historia de un actor porno español, cínico y freak llamado Torbe, hasta  una minuciosa semblanza del  tenor Juan Diego Flórez, el que no sabía silbar.
De Julio Villanueva ha dicho el suplemento madrileño Babelia que “viene a ser para esta generación [de cronistas de América Latina] algo así como el gurú-editor”. Sus textos aparecen en La Nación y Página 12 (Argentina); Gatopardo, El Malpensante y Soho (Colombia); El País, La Vanguardia y Letra Internacional (España); Reforma y Letras Libres (México); Vogue en español, World Literature Today y The Virginia Quarterly Review (EE.UU.).
El escritor francés Jean Francois Foguel lo describe.“Es alto, con el pelo negro y largo, y no consigue esconder la sonrisa espontánea y las gafas grandes de un alumno adicto a la lectura”. Ese es Villanueva, un hombre que llegó al periodismo y la edición desde los caminos del magisterio. Pero que se ha constituido en un referente para aquellos que quieren conjugar la calidad del texto con una minuciosa reportería.
Los periódicos en América Latina fueron el bastión de la crónica, a finales del XIX más o menos. ¿Qué pasó  que le dieron la espalda y ahora son las revistas el bastión?

Creo que los diarios nunca supieron bien lo que era una crónica y sus posibilidades de contar un acontecimiento. Pero es normal que eso suceda porque la crónica es un género marginal por definición. Es decir, por naturaleza son muy escasos los buenos cronistas a la mano. En el siglo XIX, el oficio no era una profesión, no había escuelas de Periodismo, y como no había, cada uno escribía como le daba la gana, y eso es en gran parte la crónica: subjetividad, artesanía, sentido común. A medida que fue avanzando el tiempo, y de algún modo tecnificándose y masificándose el periodismo, surgió este estilo de escribir píldoras con la fórmula de la pirámide invertida, ese modelo anglosajón que se extendió por todo el mundo, y que era una forma de producción y de consumo de noticias acorde con la velocidad de los tiempos. Esa misma tecnificación hizo que buscaran una forma de producción y otro tipo de reportero: ya no ese libertino e ingenioso, con licencias poéticas, que leía la realidad a partir de acontecimientos pequeños o grandiosos. A mí me gusta mucho la definición de acontecimiento que da el historiador Michel de Certeau: «Acontecimiento es lo que no se comprende». Eso es lo que deberían hacer los diarios y las revistas ahora: tratar de explicar y narrar los acontecimientos, y es lo que no estamos haciendo. A pesar de la omnipresencia de Internet, que abruma de información y, en consecuencia, de confusión, y del cambio de mentalidad del público, una mayoría de diarios sigue notificando. Los gerentes y editores de diarios y revistas no han podido responder a esta revolución de la información y su nueva percepción por la gente joven. De allí la caída de las ventas y el miedo a la desaparición de los periódicos por los costos del papel y de mantener un numeroso personal. De allí la apuesta renovada por los diarios electrónicos y el nuevo tipo de público lector. Lo indiscutible es que estos diarios electrónicos no han solucionado el problema de explicar el caos y el sinsentido del mundo. Siguen siendo esclavos de las consignas de la urgencia y la competencia. Por desgracia, lo más importante sigue siendo lo que no se publica en los diarios. ¿Qué sentido tiene entonces escribir hoy una crónica en convivencia con una nota informativa o una entrevista pregunta-respuesta o una columna de opinión en un periódico, sea impreso o electrónico?   Lo que aún no se entiende bien es que en estos tiempos la crónica no es tanto un estilo de narrar sino una necesidad de darle sentido al caos. Es un género que intenta convertir el dato en conocimiento y el acontecimiento en una experiencia.  En general, ni ver el noticiero de la TV ni oír la radio ni leer los periódicos y blogs nos permiten entender qué fue lo que sucedió. Por ellos, seguimos enterándonos de acontecimientos desde la urgencia, la incertidumbre y el resumen. Una crónica es un intento por darle sentido a esos acontecimientos a través de la narración, que es lo que la gente puede recordar más que los datos. En general, hay un malentendido con la crónica: se cree que es un oficio más de escritores que de reporteros, y que depende más del ingenio y la cosmética, cuando es un género periodístico que supone una mirada muy personal y un trabajo de campo e intelectual mayor que el de notificar un acontecimiento. Los cronistas del siglo XXI tienen el reto de narrar «lo glocal» —lo global y lo local— y de traducir el caos a través de una historia. La abundancia de información se ha vuelto un gran problema, pero no por la cantidad sino por su uniformidad. Una crónica ideal sería un pequeño ensayo de subjetividad y contracorriente donde todos dicen más o menos lo mismo. Los mejores diarios y revistas de los próximos cinco años van a ser más segmentados y especializados en su público para poder ser una alternativa a toda la uniformidad

“La crónica es un género marginal por definición. Por naturaleza son muy escasos los buenos cronistas a la mano”

En 13 años ha consolidado un oficio de editor riguroso. ¿Crees que está en crisis el oficio de editor en Iberoamérica?

En principio, tendríamos que ponernos de acuerdo sobre qué es un buen editor. Porque un editor que se cree gourmet desprecia al editor fast food. El editor de ficción desprecia al de no ficción. El editor de libros desprecia al de periódicos. El editor de diarios desprecia al de revistas. El editor de política desprecia al de espectáculos. El editor de espectáculos desprecia al de policiales. Y el editor de policiales desprecia a la humanidad. A mí me encanta lo que dice Korda, el director editorial de Simon & Schuster: «Lo que en verdad trata el trabajo de editor es que, cuando algo me gusta, quiero que le guste a todo el mundo». Es una definición hermosa y hedonista del oficio. Pero también creo que, en verdad, la mayoría de las veces, el trabajo más frecuente de un editor consiste en disgustarse, y más aún, en tomarse la molestia de evitar que más gente se disguste al leer un texto malo o mediocre. Hasta ahora, la función principal de la mayoría es ser los eficientes cerrajeros de edición, hacerse responsables de que el periódico salga para mañana y no para pasado mañana. Una versión corregida de este editor es ser un maquillador de muertos: recibir un texto cadavérico y voltearlo para hacerlo parecer un cadáver con buena salud. Es tan anormal encontrar a un editor que le haga preguntas a un reportero. ¿Quién tiene un editor que le haya dicho: «Quiero la mejor historia y el mejor texto que hayas hecho en tu vida»? ¿Quién tiene un editor que le devuelva el texto repleto de sugerencias y que sea resultado de dos inteligencias? Lo que hay es un editor administrativo, que pasa el texto, cuenta la cantidad de palabras, especifica la cantidad de fotografías, te da un par de consejillos y nada más. Es muy complicado y triste tener el título de editor en un sistema de producción de noticias donde lo que más importa es completar las páginas, no ofender a los dueños ni a los amigos y los primos de los dueños, y vender más publicidad. Este es en parte un problema de conciencia que nos ha llevado al cinismo del que hablaba Kapuscinski. Un editor sabe que no todo lo que publica –a veces casi nada– es bueno. Cuando edito, me siento un ignorante especialista en hacer preguntas.

¿Cómo nació Etiqueta Negra?

Hace un tiempo el nuevo director de Etiqueta Negra, Marco Avilés, dijo en un festival que para poder editar una revista como la nuestra se necesitaba una condición: estar soltero. Fue un chiste, pero coincide más o menos con la verdad. Para hacer una revista así tienes que vivir como el soltero perfecto: te exige tiempo, obsesión, compromiso, trabajo en equipo. Y editar, más que una disciplina, es una indisciplina: conversar con los autores, los fotógrafos, los diseñadores, los propios gerentes de la revista y sobre todo con el público. A Daniel Titinger, el director de Etiqueta Negra que tomó la posta cuando me fui, decidió en parte irse de ella cuando supo que iba a tener un hijo y por coincidencia recibió la oferta de fundar un diario deportivo. Etiqueta Negra ha sido como un parto que sólo se podía conseguir con un matrimonio imposible. Al principio, entre unos empresarios que me buscaron originalmente para hacer una revista gratuita de negocios, y yo, que estaba más cerca de querer fundar un bar. Lo demás fue la generosidad de mis amigos y el conjunto de manías que uno busca para conseguir la voz de tu revista: en el diseño, en la mirada de un acontecimiento, en su escritura. Se parió el número cero en enero de 2002, sin saber muy bien en qué se convertiría el engendro. No fue iluminación divina ni acrobacia cerebral. Tenía más de intuición, de curiosidad y sentido común, y así fuimos perfilando el carné de identidad de la revista. No se trataba tanto de escribir bien: se trataba de convertir el dato en conocimiento, y los acontecimientos en experiencias.

Y en eso debían pensar los diarios…
Eso es lo que deberían hacer los diarios y las revistas ahora: tratar de explicar y narrar los acontecimientos, y es lo que no estamos haciendo. A pesar de la omnipresencia de Internet, que abruma de información y, en consecuencia, de confusión, y del cambio de mentalidad del público, una mayoría de diarios sigue notificando. Los gerentes y editores de diarios y revistas no han podido responder a esta revolución de la información y su nueva percepción por la gente joven. De allí la caída de las ventas y el miedo a la desaparición de los periódicos por los costos del papel y de mantener un numeroso personal.

“El trabajo de un editor consiste en disgustarse. Y evitar que más gente se  disguste al leer algo mediocre”

¿Cuál es la relación entre crónica y tecnología?

Ahora que las nuevas tecnologías son casi parte de nuestro cuerpo, es difícil evitar la velocidad y la confusión que producen día a día en nuestra percepción del mundo. Hay una crisis de la atención que nos está volviendo una nueva especie de zombies adictos a prótesis electrónicas. El impacto y las consecuencias de esta omnipresente convivencia del público joven con estas tecnologías han cambiado nuestro modo de leer y escribir un periódico, pero sobre todo la lógica de la industria de la prensa. Todavía no sabemos muy bien qué hacer, pero ya empezó la desesperación ante la catástrofe financiera y la caída de las ventas de los diarios y revistas: por un lado, disminuir páginas, despedir gente o simplemente cerrarlos. Por otro lado, proyectar un diario multimedia en la Internet en el que el reportero sea un malabarista de escribir, hacer radio y TV on line a la vez ganando el mismo sueldo de antes y convertir el diario en interactivo: que la noticia se recree con la cooperación de la gente y sus comentarios y nuevas fuentes de información. Eso es por aún una ilusión. Hay ese reto pero los editores que trabajan en un periódico no están listos todavía para eso, y hay un déficit pedagógico para transmitir esas habilidades. Y la discusión mayor no es de periodismo. Ya casi no se discute de eso en las salas de redacción.

De una generación de cronistas consagrados (Monsiváis, Caparrós, Castro Caycedo) llegó una hornada de cronistas jóvenes. ¿Es optimista con el asunto del relevo en la crónica?

Siempre se ha hablado de hacer crónicas como si fuera una moda, un capricho, o una  copia de la tradición gringa del Nuevo Periodismo, que tampoco era tan nuevo. Lo que sucede es que ahora la telecomunicación es tan instantánea y desbordante que sentimos que hay más gente que antes. Yo creo que la única evolución es que lo que ya existía ahora se vende mejor en algunas experiencias de revistas y en algunas páginas de diarios. Es verdad que hay cierto boom autorreflexivo sobre el género, pero en Hispanoamérica no supera aún el modo instintivo en el mejor y peor de los casos. Es decir, si lees un libro como The New, New Journalism, editado por Robert Boyton, te das cuenta de que el nivel de conciencia estadounidense sobre el género es un abismo  con respecto a la tradición latinoamericana. También es cierto que ciertos cronistas del periodismo estadounidense tienen cincuenta posibilidades más para poder arriesgarse en comparación con la mayoría nosotros: les pagan adelantos y les dan entre un mes y seis para reportar exclusivamente una historia, a veces un teléfono satelital, buenos hoteles, un traductor cuando tienes que viajar a un país cuya lengua no entiendes. Por si las moscas, tienes un verificador de datos que te cuida las espaldas y un editor con quien hacer del periodismo un trabajo intelectual y tomar decisiones todo el tiempo. Pero aquí en nuestros países, salvo excepciones, cada uno sobrevive cómo puede, le pagan poco o no le pagan, y nadie tiene tiempo.
¿Por qué los periódicos insisten en eso de que no hay lectores?

Porque en realidad a los dueños de los medios no les importa la gente. Y esto también se inocula hasta abajo: es muy difícil encontrar a un periodista a quien, de verdad, le importe la gente. Les interesa hacer bien lo que tienen que hacer. Les interesa incomodar y denunciar. Les interesa llegar temprano y que no se les borre la grabadora y que la foto sea buena. A unos cuantos, puede que les interese escribir bien. Pero no les interesa mejorar el mundo con lo que hacen, o si alguna vez fue así, se sienten idiotas por siquiera pensarlo. Como una declamación pueden decir que sí, por supuesto, cómo no, esa señora anónima podría ser mi madre. Pero es un periodismo posible muy pero muy de vez en cuando. A esta mirada le han puesto la etiqueta de «periodismo cívico» pero esto es un asunto de profesores. La gente ha perdido la confianza en los periodicos no sólo porque encuentra más o menos lo mismo por Internet o porque el periódico cuesta y es caro. Si antes era difícil leer un diario que arriesgara y buscara nuevos caminos para contar la realidad, hoy los periódicos han envejecido y sobre todo son más cobardes y cínicos, y pueden culpar con la misma razón a la amenaza de que no les pongan publicidad como a las de los narcotraficantes, como está sucediendo en el norte México.  Todo es entonces bastante programado y predecible. No estamos atentos al azar cuando, lejos del punto de vista del poder, lo más noticioso y lo que nos gobierna es el azar.

David Sosa


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