Arawa o el arte del intento

Texto publicado en la revista Mundo DINERS 2010

Por Marcela Noriega

Han llevado sus obras a México, Cuba, Argentina y Chile. Organizan dos importantes encuentros anuales: el de Teatro Universitario y Politécnico, y el de Teatro Popular Latinoamericano versión Ecuador. Todo empezó  hace treinta años con Juan Coba.

 

Introducción al caos

A la historia colectiva de Arawa, el grupo de teatro de la Universidad de Guayaquil, la atraviesa la historia íntima de Juan Coba Caiza (Guayaquil, 1951), su fundador, el hombre que de la nada y con todo en contra hace un teatro contestatario, enfocado en lo social, desde hace más de treinta años.

Juan es un artista de lo popular. Un hombre que se ha metido en cien batallas y ha perdido seguramente más de la mitad. Cosecha derrotas, pero insiste en volver a sembrar sueños. No le gusta dar entrevistas ni hablar de él mismo. Le cuesta mirarse en el espejo, tiene miedo de que el pasado lo muerda. Pero se arriesga.

Su historia empieza en Santa Elena y Piedrahíta, a una cuadra del cementerio. Ahí nace, en su casa y con partera. El olor delcloretol con el que su madre limpió el piso antes de echarse para parirlo, es su primer recuerdo. Siempre fue rebelde. Deja elcolegio del Hermano Miguel apenas termina el primer año, porque “ahí en nombre de Dios nos flagelaban”. Confiesa que tiene una “vaina tremenda” con la religión y que odia, por encima de todo, ser reprimido.

Pero su padre –un comerciante de telas, de esos a los que antes se llamaba “sencilleros”- no iba a aceptar vagos en casa. Le dice: “si no vas a estudiar, ándate a trabajar”. Juan empieza de tapicero antes de que le salgan pelos en la cara. El oficio le da “mucho dinero” y le permite conocer a la amante de todos los artistas: la bohemia –así le decían antes a “la chupa”-. Por esa época, canta boleros y pasillos en el canal 4, en un programa que se llamaba Puerta a la Fama, aunque esa puerta jamás se le abrió.

Uno día cualquiera pasa por la Casa de la Cultura y ve un cartel que dice: ¿quieres ser actor? ¡inscríbete! Sube, le hacen una prueba, y lo aceptan en lo que luego se convertiría en la única escuela de teatro de la ciudad de ese entonces. Pero le exigen ser, al menos, bachiller. “Yo dije ¡chuta!, así que volví a estudiar”. Juan pasa por el Cinco de Junio, el Trece de abril y termina enel Martínez Mera, nocturno.

Tiene metida la idea de hacer teatro entre las cejas. La escuela de la Casa de la Cultura dura apenas tres años, del 69 al 71. Al principio la dirige Marco Muñoz (+). Montan obras como La sangre, las venas y el asfalto, que es un poema trágico de Enrique Gil Gilbert; también Historias para ser contadas, de Oswaldo Dragún, y Responso para un tornillo, del cineasta Jorge Vivanco.

Tienen buenos maestros: Marco Muñoz, Beatriz Parra, Dora Durango, Jorge Vivanco, Carlos Rojas, Hugo Salazar (+), Ana Miranda, pero no hay suficiente apoyo, y cierran.

Juan es un crío todavía. Muñoz lo toma de asistente y, cuando se acaba la escuela, juntos intentan formar un grupo de teatro con la gente que queda. “Marco decía que yo era el único que iba a seguir en esto, que tenía la mística. Yo quería despojarme de todo y dedicarme al teatro”.

Pero tiene que comer y sigue trabajando de tapicero. Luego, comienza a formar grupos de teatro en los colegios. Pero no le va muy bien. Un día un rector le dice: yo quiero que me hagas un grupo de teatro, pero para que se presenten el día de mi santo enel patio de mi casa.

Primer movimiento

Es 1975. Está en el poder el gobierno “revolucionario y nacionalista” de Guillermo Rodríguez Lara, quien en 1972, luego de derrocar a Velasco Ibarra, se había autoproclamado jefe supremo de la República. Juan hace contacto con gente de Mapasingue. Se empieza a meter en problemas.

Lo llaman para que les dé  clases (gratuitas) de teatro a los pobladores. Pero pronto se da cuenta de que ahí pasa algo más serio: la gente ha decidido organizarse y tomarse esas tierras, que eran de propiedad de Cecilia Gómez Iturralde, y que iban desde el kilómetro 4 y medio vía a Daule hasta donde la vista llegara.

La zona es conflictiva y está  liderada por un grupo de comunistas. Son unas dos mil familias las que viven ahí. “A veces yo estaba dando mis clases y sonaba una campana. Esa era la señal de que había desalojo, entonces se acababa el teatro y la gente dejaba botado todo y se iba a pelear, a defender las tierras, a luchar contra la policía”.

Al principio, Juan solo mira. Pero luego piensa que si va a permanecer en ese lugar debe tomar una actitud. Y decide que la próxima vez que suene la campana él también se meterá en el relajo. “Aguanté los primeros gases lacrimógenos, la tensión de estar frente a una pelea, el temor de ser tomado preso. Pero la gente no tenía miedo. Se habían hecho resistentes. Comencé a entrar en el juego. Empecé a tener fe en que esa lucha organizada conseguiría que nos dejaran permanecer ahí”.

En esa época, estudia Economía en la Universidad de Guayaquil y trabaja en la Empresa Eléctrica. Que trabaja es un decir, porque se escapa siempre. “En las mañanas les decía a los compañeros: si preguntan por mí, digan que estoy en el baño. Y me iba a Mapasingue. Regresaba a las 4 y media para marcar tarjeta”. Hasta que un día no regresó más.

Era septiembre de 1977, estaba en el poder el triunvirato militar que adoptó el nombre de Consejo Supremo de Gobierno y duró hasta 1979. La esposa de Juan está embarazada. Él cree que si pelea junto a los demás le darán también una casa en la cooperativa, que se llama El Cerro. Quiere darle un hogar a su hijo, pero todo acaba mal.

Juan se hace dirigente de un barrio, y lo busca la Policía. El día en que lo agarran él lleva un libro de Lenin –texto básico de la Facultad de Economía- y otro del dramaturgo brasilero Augusto Boal sobre ejercicios de teatro.

Lo encuentran en una de las casas y le hacen una “calle de honor” hasta el patrullero. Fueron varias cuadras. Dice que los policías se pusieron de lado y lado, y a él y a otro compañero los hacían caer y levantar a punta de patadas. Todos se reían.

“Luego un tipo grande, que se tapaba el rostro con un casco, nos puso de espaldas y nos dio con un tolete inmenso en la cabeza. Yo no reaccioné, y de nuevo me golpeó. Me hizo una herida grande, acá tengo una cicatriz de 17 puntos. Ensuciamos de sangreel patrullero y nos quisieron humillar haciéndonos limpiar con la lengua la sangre”.

En su relato, lo llevan a los calabozos del cuartel modelo, bajo el cargo de “invasor”. Pero, poco tiempo después, lo trasladan al centro de investigación, bajo el cargo de “terrorista”. “Las torturas eran permanentes durante los primeros días, y estuve incomunicado”.

Quieren los nombres de los líderes del “grupo terrorista”. Era como en las películas. Juan les dice que él conoce poco de la organización, que se dedica más al teatro y a hacer dirigencia en el barrio donde –le habían prometido- iba a vivir.

Pero los “investigadores” lo acusan de hacer entrenamiento guerrillero con el libro de Boal y de adoctrinar el comunismo con eltexto de Lenin.

Cuatro meses permanece preso. Su hija, María, nace. La quieren llevar a la cárcel para que la conozca, pero él no permite que ella vaya a ese “sitio infectado”. Al fin, le dan una amnistía –producto del escándalo de la famosa masacre de Aztra, que repercute a nivel internacional y le obliga al gobierno a bajar un poco la guardia-.

Juan no la baja. Al contrario. Deja a su familia, su trabajo, los estudios de Economía, se esconde un tiempo en casa de un pariente y vuelve al lugar de los hechos, Mapasingue. Usa otro nombre. Ahora se llamaba Cueva.

Empieza a llevar grupos de teatro a la cooperativa, forma grupos de niños, participa en mingas y en asambleas. Su interés es organizar políticamente a la gente, usando el teatro. Pero siempre tiene miedo de volver a caer. “Yo ya no era inocente, ya era consciente de lo que hacía”. Poco después, los propios dirigentes de la zona –matones con machetes que le sacan el dinero a la gente y cuentan con el apoyo de Jaime Toral- lo buscan para matarlo. No quieren a Cueva ahí.

En el 82 se va a la Península de Santa Elena. Allá forma el grupo de teatro de dos colegios. Monta Los unos versus los otros, de Martínez Queirolo y Las historias para ser contadas, de Dragún. Un día le llega un telegrama. Juan: necesitan en la universidad de Guayaquil un coordinador cultural y político. “¡Chévere!”

Segundo movimiento

Un día Juan lee una nota en el periódico sobre un grupo de teatro boliviano que se llama Arawa. La nota dice que este vocablo quichua significa “teatro”. Entonces ve el nombre perfecto para su grupo. Lo que no sabe es que el diario se equivocó, y quearawa significa horca (esa que usan los verdugos). Teatro es aranwa. De eso recién se entera el año pasado, pero el nombre ya quedó.

La primera obra que montan se llama La apuesta de don Pedro y la hizo con estudiantes de Psicología. Lleva ese trabajo a zonas rurales y populares. Empiezan los ochenta.

Juan se gradúa de sociólogo, y comienza a trabajar con Arawa en Mapasingue, el bendito lugar del que antes huyó. El grupo era una mezcla de estudiantes y pobladores. Presentan obras, llevan grupos, hacen música folclórica y sobre todo montajes ligados a la coyuntura política. “Pero no había rigor, era un teatro urgente”.

Juan crea el área de arte escénica de la Universidad de Guayaquil. En medio de esto, se le ocurre llevar el teatro a la penitenciaría. Va y en la cárcel arma dos grupos: uno de varones y otro de mujeres, todas mulas de la droga.

Ya en los noventa, Arawa integra a alumnos de toda la universidad. Se suma gente de Derecho, Medicina, de las facultades técnicas, y para fortalecer el proyecto, Juan comienza a convocar a otras universidades. De ahí nace el Encuentro de Teatro Universitario y Politécnico del Ecuador (Entupe), que va por la versión número trece.

Más tarde, siempre interesados en ver maneras de llevar el teatro a la comunidad, Arawa viaja a Chile para participar en elEncuentro de Teatro Popular Latinoamericano (Entepola), un proyecto que nace en ese país durante la dictadura. Los chilenos invitan al grupo a replicar este evento en nuestro país. Aceptan y hacen el primer Entepola en 2003, en la Martha de Roldós.

Desde 2004 cambian el lugar, gracias a la ayuda del movimiento Mi Cometa. Se trasladan al colegio Estela Maris, en el Guasmo Sur. Ese año acuden veinte grupos a la convocatoria y asisten entre 500 y 600 personas por día a las funciones, que siempre son gratuitas. “Fue una locura”, recuerda Aníbal Paéz, integrante de Arawa.

El encuentro –que va por la sexta edición- dura diez días y, además, de darles la oportunidad de ver buen teatro a personas que, a veces, no tienen dinero ni para el bus, les brinda la posibilidad de compartir –desde un vaso de agua, hasta su cama- con los actores y directores de los países visitantes.

Tercer movimiento

En 2004, Arawa da un giro. Montan la obra Camas Calientes, en Cuba, y el trabajo colectivo se empieza a ver dentro de la universidad. Después de diez años de deambular de facultad en facultad, les dan un espacio físico, aledaño a la vieja casona, pero Juan logra algo más: un elenco estable para garantizar la calidad y un presupuesto anual que les permita viajar y seguirse formando. Ya ha ido a Cuba, México, Argentina, Chile y Colombia.

En 2005 hacen la obra Sancho Panza, que nace de un taller en Humahuaca, Argentina, y surge como una alternativa al mal llamado teatro de la calle que se hace en Guayaquil.

Desde enero de 2006 permanecen estables en el elenco: Juan Antonio Coba (1979, hijo de Juan), Aníbal Páez (1982), Marcelo Leyton (1971) y Lalo Santi (1978), todos con estudios y experiencia previa en el teatro.

Desde que Juan Antonio entra al grupo, en 1996, fue el hombre del montaje técnico. Cualquier cosa es ¡Juan Antonio, la luz!, aunque también actúa. Marcelo es profesor de teatro, actor y, si es necesario, director. Lalo, quien conoce a Aníbal en Arteamérica, actúa y tiene experiencia en clowns.

Aníbal se incorpora en 2003, y apenas llega le proponen reemplazar a un actor en la obra La apuesta de don Tuto, y viaja con elgrupo a México para presentarla. Pero desde el entonces, el fantasma del fracaso parecía rondar las cuatro paredes de la sala de ensayos. Casi ninguna obra llegaba a ser montada, y abortaron varios proyectos. Además, María –la hija de Juan- dejó elgrupo.

Cuando en enero de 2009, Marcelo propone montar Función Para Butacas, de Sergio Román Armendáriz –un poeta y dramaturgo nacido en Riobamba, pero que vive hace 50 años en Costa Rica-, Arawa atraviesa por una de las peores sensaciones: el desaliento. Pero los textos de Román logran encenderles una luz.

Luego de meses de discusión y de que Aníbal reescribiera la obra, nació Soliloquio Épico Coral, que fue exhibida en Quito y Guayaquil durante marzo, y volverá a ser presentada en julio.

Es como un monólogo con voz en off en el que el grupo se habla a sí mismo. Buscan una teatralidad propia. Sin miedos se miran a un espejo con dientes y descubren que son cinco antihéroes, cinco accidentados, cinco rotos y vueltos a pegar, cinco expertos en la caída, cinco idealistas dispuestos a nombrar lo que todos alguna vez sentimos: el terror al fracaso.


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