“A los dueños de medios no les importa la gente”

Entrevista de David Sosa a Julio Villanueva, creador de la revista peruana Etiqueta Negra.

Publicado en El Telégrafo en la edición impresa del 11 de enero de 2009

Leer para las clases del miércoles 13 y jueves 14 de mayo.

Su nombre es venerado en el circuito pequeño pero exigente de las revistas de periodismo narrativo hispanoamericanas, esas que logran una aceptación casi culterana por los catadores más finos. No por gusto Julio Villanueva Chang, limeño, fue el editor-fundador de una revista a la que llamó Etiqueta Negra. Pero aquí la etiqueta quiere remarcar más la excelencia periodística que el glamour. La perfección que el costo per se.
Etiqueta Negra -según el argentino Martín Caparrós, “la mejor revista de crónicas del continente”, y de acuerdo con Joaquín Sabina, “una especie de lujo”- ha publicado, en sus 7 años de existencia,  crónicas, perfiles y reportajes de largo aliento que van desde  la historia de un actor porno español, cínico y freak llamado Torbe, hasta  una minuciosa semblanza del  tenor Juan Diego Flórez, el que no sabía silbar.
De Julio Villanueva ha dicho el suplemento madrileño Babelia que “viene a ser para esta generación [de cronistas de América Latina] algo así como el gurú-editor”. Sus textos aparecen en La Nación y Página 12 (Argentina); Gatopardo, El Malpensante y Soho (Colombia); El País, La Vanguardia y Letra Internacional (España); Reforma y Letras Libres (México); Vogue en español, World Literature Today y The Virginia Quarterly Review (EE.UU.).
El escritor francés Jean Francois Foguel lo describe.“Es alto, con el pelo negro y largo, y no consigue esconder la sonrisa espontánea y las gafas grandes de un alumno adicto a la lectura”. Ese es Villanueva, un hombre que llegó al periodismo y la edición desde los caminos del magisterio. Pero que se ha constituido en un referente para aquellos que quieren conjugar la calidad del texto con una minuciosa reportería.
Los periódicos en América Latina fueron el bastión de la crónica, a finales del XIX más o menos. ¿Qué pasó  que le dieron la espalda y ahora son las revistas el bastión?

Creo que los diarios nunca supieron bien lo que era una crónica y sus posibilidades de contar un acontecimiento. Pero es normal que eso suceda porque la crónica es un género marginal por definición. Es decir, por naturaleza son muy escasos los buenos cronistas a la mano. En el siglo XIX, el oficio no era una profesión, no había escuelas de Periodismo, y como no había, cada uno escribía como le daba la gana, y eso es en gran parte la crónica: subjetividad, artesanía, sentido común. A medida que fue avanzando el tiempo, y de algún modo tecnificándose y masificándose el periodismo, surgió este estilo de escribir píldoras con la fórmula de la pirámide invertida, ese modelo anglosajón que se extendió por todo el mundo, y que era una forma de producción y de consumo de noticias acorde con la velocidad de los tiempos. Esa misma tecnificación hizo que buscaran una forma de producción y otro tipo de reportero: ya no ese libertino e ingenioso, con licencias poéticas, que leía la realidad a partir de acontecimientos pequeños o grandiosos. A mí me gusta mucho la definición de acontecimiento que da el historiador Michel de Certeau: «Acontecimiento es lo que no se comprende». Eso es lo que deberían hacer los diarios y las revistas ahora: tratar de explicar y narrar los acontecimientos, y es lo que no estamos haciendo. A pesar de la omnipresencia de Internet, que abruma de información y, en consecuencia, de confusión, y del cambio de mentalidad del público, una mayoría de diarios sigue notificando. Los gerentes y editores de diarios y revistas no han podido responder a esta revolución de la información y su nueva percepción por la gente joven. De allí la caída de las ventas y el miedo a la desaparición de los periódicos por los costos del papel y de mantener un numeroso personal. De allí la apuesta renovada por los diarios electrónicos y el nuevo tipo de público lector. Lo indiscutible es que estos diarios electrónicos no han solucionado el problema de explicar el caos y el sinsentido del mundo. Siguen siendo esclavos de las consignas de la urgencia y la competencia. Por desgracia, lo más importante sigue siendo lo que no se publica en los diarios. ¿Qué sentido tiene entonces escribir hoy una crónica en convivencia con una nota informativa o una entrevista pregunta-respuesta o una columna de opinión en un periódico, sea impreso o electrónico?   Lo que aún no se entiende bien es que en estos tiempos la crónica no es tanto un estilo de narrar sino una necesidad de darle sentido al caos. Es un género que intenta convertir el dato en conocimiento y el acontecimiento en una experiencia.  En general, ni ver el noticiero de la TV ni oír la radio ni leer los periódicos y blogs nos permiten entender qué fue lo que sucedió. Por ellos, seguimos enterándonos de acontecimientos desde la urgencia, la incertidumbre y el resumen. Una crónica es un intento por darle sentido a esos acontecimientos a través de la narración, que es lo que la gente puede recordar más que los datos. En general, hay un malentendido con la crónica: se cree que es un oficio más de escritores que de reporteros, y que depende más del ingenio y la cosmética, cuando es un género periodístico que supone una mirada muy personal y un trabajo de campo e intelectual mayor que el de notificar un acontecimiento. Los cronistas del siglo XXI tienen el reto de narrar «lo glocal» —lo global y lo local— y de traducir el caos a través de una historia. La abundancia de información se ha vuelto un gran problema, pero no por la cantidad sino por su uniformidad. Una crónica ideal sería un pequeño ensayo de subjetividad y contracorriente donde todos dicen más o menos lo mismo. Los mejores diarios y revistas de los próximos cinco años van a ser más segmentados y especializados en su público para poder ser una alternativa a toda la uniformidad

“La crónica es un género marginal por definición. Por naturaleza son muy escasos los buenos cronistas a la mano”

En 13 años ha consolidado un oficio de editor riguroso. ¿Crees que está en crisis el oficio de editor en Iberoamérica?

En principio, tendríamos que ponernos de acuerdo sobre qué es un buen editor. Porque un editor que se cree gourmet desprecia al editor fast food. El editor de ficción desprecia al de no ficción. El editor de libros desprecia al de periódicos. El editor de diarios desprecia al de revistas. El editor de política desprecia al de espectáculos. El editor de espectáculos desprecia al de policiales. Y el editor de policiales desprecia a la humanidad. A mí me encanta lo que dice Korda, el director editorial de Simon & Schuster: «Lo que en verdad trata el trabajo de editor es que, cuando algo me gusta, quiero que le guste a todo el mundo». Es una definición hermosa y hedonista del oficio. Pero también creo que, en verdad, la mayoría de las veces, el trabajo más frecuente de un editor consiste en disgustarse, y más aún, en tomarse la molestia de evitar que más gente se disguste al leer un texto malo o mediocre. Hasta ahora, la función principal de la mayoría es ser los eficientes cerrajeros de edición, hacerse responsables de que el periódico salga para mañana y no para pasado mañana. Una versión corregida de este editor es ser un maquillador de muertos: recibir un texto cadavérico y voltearlo para hacerlo parecer un cadáver con buena salud. Es tan anormal encontrar a un editor que le haga preguntas a un reportero. ¿Quién tiene un editor que le haya dicho: «Quiero la mejor historia y el mejor texto que hayas hecho en tu vida»? ¿Quién tiene un editor que le devuelva el texto repleto de sugerencias y que sea resultado de dos inteligencias? Lo que hay es un editor administrativo, que pasa el texto, cuenta la cantidad de palabras, especifica la cantidad de fotografías, te da un par de consejillos y nada más. Es muy complicado y triste tener el título de editor en un sistema de producción de noticias donde lo que más importa es completar las páginas, no ofender a los dueños ni a los amigos y los primos de los dueños, y vender más publicidad. Este es en parte un problema de conciencia que nos ha llevado al cinismo del que hablaba Kapuscinski. Un editor sabe que no todo lo que publica –a veces casi nada– es bueno. Cuando edito, me siento un ignorante especialista en hacer preguntas.

¿Cómo nació Etiqueta Negra?

Hace un tiempo el nuevo director de Etiqueta Negra, Marco Avilés, dijo en un festival que para poder editar una revista como la nuestra se necesitaba una condición: estar soltero. Fue un chiste, pero coincide más o menos con la verdad. Para hacer una revista así tienes que vivir como el soltero perfecto: te exige tiempo, obsesión, compromiso, trabajo en equipo. Y editar, más que una disciplina, es una indisciplina: conversar con los autores, los fotógrafos, los diseñadores, los propios gerentes de la revista y sobre todo con el público. A Daniel Titinger, el director de Etiqueta Negra que tomó la posta cuando me fui, decidió en parte irse de ella cuando supo que iba a tener un hijo y por coincidencia recibió la oferta de fundar un diario deportivo. Etiqueta Negra ha sido como un parto que sólo se podía conseguir con un matrimonio imposible. Al principio, entre unos empresarios que me buscaron originalmente para hacer una revista gratuita de negocios, y yo, que estaba más cerca de querer fundar un bar. Lo demás fue la generosidad de mis amigos y el conjunto de manías que uno busca para conseguir la voz de tu revista: en el diseño, en la mirada de un acontecimiento, en su escritura. Se parió el número cero en enero de 2002, sin saber muy bien en qué se convertiría el engendro. No fue iluminación divina ni acrobacia cerebral. Tenía más de intuición, de curiosidad y sentido común, y así fuimos perfilando el carné de identidad de la revista. No se trataba tanto de escribir bien: se trataba de convertir el dato en conocimiento, y los acontecimientos en experiencias.

Y en eso debían pensar los diarios…
Eso es lo que deberían hacer los diarios y las revistas ahora: tratar de explicar y narrar los acontecimientos, y es lo que no estamos haciendo. A pesar de la omnipresencia de Internet, que abruma de información y, en consecuencia, de confusión, y del cambio de mentalidad del público, una mayoría de diarios sigue notificando. Los gerentes y editores de diarios y revistas no han podido responder a esta revolución de la información y su nueva percepción por la gente joven. De allí la caída de las ventas y el miedo a la desaparición de los periódicos por los costos del papel y de mantener un numeroso personal.

“El trabajo de un editor consiste en disgustarse. Y evitar que más gente se  disguste al leer algo mediocre”

¿Cuál es la relación entre crónica y tecnología?

Ahora que las nuevas tecnologías son casi parte de nuestro cuerpo, es difícil evitar la velocidad y la confusión que producen día a día en nuestra percepción del mundo. Hay una crisis de la atención que nos está volviendo una nueva especie de zombies adictos a prótesis electrónicas. El impacto y las consecuencias de esta omnipresente convivencia del público joven con estas tecnologías han cambiado nuestro modo de leer y escribir un periódico, pero sobre todo la lógica de la industria de la prensa. Todavía no sabemos muy bien qué hacer, pero ya empezó la desesperación ante la catástrofe financiera y la caída de las ventas de los diarios y revistas: por un lado, disminuir páginas, despedir gente o simplemente cerrarlos. Por otro lado, proyectar un diario multimedia en la Internet en el que el reportero sea un malabarista de escribir, hacer radio y TV on line a la vez ganando el mismo sueldo de antes y convertir el diario en interactivo: que la noticia se recree con la cooperación de la gente y sus comentarios y nuevas fuentes de información. Eso es por aún una ilusión. Hay ese reto pero los editores que trabajan en un periódico no están listos todavía para eso, y hay un déficit pedagógico para transmitir esas habilidades. Y la discusión mayor no es de periodismo. Ya casi no se discute de eso en las salas de redacción.

De una generación de cronistas consagrados (Monsiváis, Caparrós, Castro Caycedo) llegó una hornada de cronistas jóvenes. ¿Es optimista con el asunto del relevo en la crónica?

Siempre se ha hablado de hacer crónicas como si fuera una moda, un capricho, o una  copia de la tradición gringa del Nuevo Periodismo, que tampoco era tan nuevo. Lo que sucede es que ahora la telecomunicación es tan instantánea y desbordante que sentimos que hay más gente que antes. Yo creo que la única evolución es que lo que ya existía ahora se vende mejor en algunas experiencias de revistas y en algunas páginas de diarios. Es verdad que hay cierto boom autorreflexivo sobre el género, pero en Hispanoamérica no supera aún el modo instintivo en el mejor y peor de los casos. Es decir, si lees un libro como The New, New Journalism, editado por Robert Boyton, te das cuenta de que el nivel de conciencia estadounidense sobre el género es un abismo  con respecto a la tradición latinoamericana. También es cierto que ciertos cronistas del periodismo estadounidense tienen cincuenta posibilidades más para poder arriesgarse en comparación con la mayoría nosotros: les pagan adelantos y les dan entre un mes y seis para reportar exclusivamente una historia, a veces un teléfono satelital, buenos hoteles, un traductor cuando tienes que viajar a un país cuya lengua no entiendes. Por si las moscas, tienes un verificador de datos que te cuida las espaldas y un editor con quien hacer del periodismo un trabajo intelectual y tomar decisiones todo el tiempo. Pero aquí en nuestros países, salvo excepciones, cada uno sobrevive cómo puede, le pagan poco o no le pagan, y nadie tiene tiempo.
¿Por qué los periódicos insisten en eso de que no hay lectores?

Porque en realidad a los dueños de los medios no les importa la gente. Y esto también se inocula hasta abajo: es muy difícil encontrar a un periodista a quien, de verdad, le importe la gente. Les interesa hacer bien lo que tienen que hacer. Les interesa incomodar y denunciar. Les interesa llegar temprano y que no se les borre la grabadora y que la foto sea buena. A unos cuantos, puede que les interese escribir bien. Pero no les interesa mejorar el mundo con lo que hacen, o si alguna vez fue así, se sienten idiotas por siquiera pensarlo. Como una declamación pueden decir que sí, por supuesto, cómo no, esa señora anónima podría ser mi madre. Pero es un periodismo posible muy pero muy de vez en cuando. A esta mirada le han puesto la etiqueta de «periodismo cívico» pero esto es un asunto de profesores. La gente ha perdido la confianza en los periodicos no sólo porque encuentra más o menos lo mismo por Internet o porque el periódico cuesta y es caro. Si antes era difícil leer un diario que arriesgara y buscara nuevos caminos para contar la realidad, hoy los periódicos han envejecido y sobre todo son más cobardes y cínicos, y pueden culpar con la misma razón a la amenaza de que no les pongan publicidad como a las de los narcotraficantes, como está sucediendo en el norte México.  Todo es entonces bastante programado y predecible. No estamos atentos al azar cuando, lejos del punto de vista del poder, lo más noticioso y lo que nos gobierna es el azar.

David Sosa


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